Al llegar el radicalismo a poder a través de las primeras elecciones democráticas en Argentina, el presidente Hipólito Yrigoyen sancionó el decreto que fijó las atribuciones y facultades de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares.
En el territorio de Río Negro, las primeras bibliotecas surgieron de la decisión de grupos de pobladores que conformaron asociaciones civiles autónomas, libradas a la iniciativa comunitaria, dirigidas y sostenidas básicamente por sus socios, aunque en la mayoría de los casos contaron con un mínimo aporte y supervisión del Estado nacional.
En la ciudad de Viedma-núcleo poblacional blanco estable más antiguo de todo el sur argentino-se fundó la primera biblioteca popular de la Patagonia.
En San Carlos de Bariloche
Marta Verón de Mora, directora de la Escuela N°6, y Emilio Hass, su sucesor, acompañados por el cuerpo docente y algunos vecinos, gestaron los primeros pasos de la Biblioteca que comenzó a funcionar en el edificio de la escuela, que era una pequeña casa de madera ubicada en la esquina Mitre y Frey. Su directora, además de fundar la Asociación Biblioteca Popular Domingo Faustino Sarmiento, fundó la Cooperadora Escolar Paula Albarracín de Sarmiento y la primera escuela nocturna para adultos en San Carlos de Bariloche, en 1928.
Al disponerse la venta de ese inmueble, alumnos y maestros se fueron a otra casa con un único salón, a la espera de la inauguración de un moderno edificio escolar. El hecho de que la Biblioteca funcionara en una escuela y que su directora fuese a la vez su responsable, implicó que los ideales de la misma coincidieran con los imperativos educativos de la época para los territorios del sur.
Durante muchos años, la Biblioteca fue de carácter ambulante. Con el transcurso de los años, su crecimiento fue continuo. Los pedidos y gestiones por un local propio para la Biblioteca parecieron tener eco en los primeros meses de 1937. En junio de ese año, el gobierno provincial envió a la Comisión Directiva un informe producido por Parques Nacionales. Este estipulaba que entre los edificios que conformarían el Centro Cívico de la ciudad, uno sería destinado para la Biblioteca Popular. Esto se concretó en octubre de 1939.
Desde sus inicios, la Biblioteca sostuvo una constante campaña a favor de que la exceptuaran del pago de los impuestos municipales, le otorgaran subsidios para garantizar su funcionamiento, redujeran la cuota que mensualmente abonaba en concepto de agua y se atendieran los reclamos-a Nación y a la Dirección de Parques Nacionales-de ayuda financiera para afrontar los gastos. Las respuestas a estos pedidos fueron variadas. En el transcurso de los años, la Biblioteca tuvo periodos de crisis al igual que nuestro país.
Actualmente, la Biblioteca es una Asociación Civil cuyos ingresos provienen de la cuota mensual de sus socios (más de tres mil), de la cuota mensual de los diferentes talleres, del alquiler de su propio teatro y de diferentes actividades que organiza.
Toda su apasionante historia, está documentada en un excelente libro titulado “Entre libros y Sueños”, cuyas autoras son Laura Méndez y Julia Vives. Pude dialogar con esta última, quien trabaja actualmente como Bibliotecaria y es Profesora de Historia.
Por si fuera poco, la Biblioteca tiene una habitante muy especial. Es una gata que se llama Alfonsina. Fue incorporada al staff porque había ratas en el edificio y una forma “ecológica” de eliminarlas era este ser tan amoroso que fue llevada por una de las empleadas cuando era una cachorra de cinco meses.